La calle, mundo de invisibles


Por Micaela González, Sasha Müller y Cleopatra Torres


En Mar del Plata hay 213 personas que no tienen hogar. 120 viven en la vía pública. 20 viven en la calle por ser adictos. 170 son adictos por vivir en la calle. 213 personas en una ciudad como Mar del Plata no pareciese ser una cifra estrafalaria. Pero, hay que tener en cuenta que esta cifra la da el gobierno. El mismo gobierno que no tiene un solo asilo municipal de asistencia permanente y cuyos únicos centros de atención (El campito, El grillito, ente otros) tienen como principal regla de convivencia “no ingresan ni drogado ni alcoholizado”.
 

-Muchas personas prefieren vivir en la calle antes que tener que adaptarse a las reglas de una institución- reflexiona Liliana. 

Liliana y Juan Carlos, los referentes de la Noche de la Caridad en la parroquia  San Cayetano ubicada en Násser y Moreno fueron quienes mostraron su descontento ante las formas que optó el gobierno para solucionar o contener a las personas en situación de calle. 

San Cayetano es una de las once iglesias cristianas que tiene asignado días y zonas en particular para distribuir abrigo y alimentos a quienes más lo necesitan. Cada lunes menos el primero de cada mes. Sopa, polenta, fideos, estofado, carne. Lo que consigan, lo que la gente done. Lo que se pueda. Siempre lo que se pueda.

“Son siempre las mismas caras”, reflexiona Juan Carlos. “Se agregan algunos rostros nuevos pero, en esencia, son siempre los mismos. Algunos piden ayuda pero cuesta que esto ocurra”.

Liliana y Juan Carlos son pareja hace más de veinte años. Tienen un hijo, Rodrigo, que cada dos por tres pierde sus documentos. Es adicto. “Que ironía, uno es capaz de ayudar a los otros pero no a su propio hijo”. La tristeza e indignación se refleja en los ojos de Liliana. Mira por la ventana y se pierde. Ve pasar los momentos. Cada llamado de la policía, cada llamado de su hijo, cada ida al registro civil. Cada grito de ayuda. 

Próxima a la capilla, San Cayetano cuenta con una habitación gigante donde se guardan las donaciones de los contribuyentes y donde los chicos que están por tomar la comunión realizan eventos solidarios. Hay una cocina. Allí preparan las 260 bandejas que reparten cada lunes. Parece ser que San Cayetano está excedido de donaciones. ¡260 bandejas a distribuir en el Materno Infantil, el hospital regional, zona centro y zona ferrocarril mientras que en toda la ciudad son tan solo 213 las personas en situación de calle!

Mientras Vilma Baragila, por entonces concejal, anunciaba la creación del primer refugio municipal en la intersección de San Juan y Juan B. Justo, Miguel la miraba esperanzado. Él vivía en la calle, a mitad de cuadra. El refugio sería en la esquina. Estaba cerca, era su zona, “su gente”. Era la posibilidad de restaurarse socialmente. Era la posibilidad siempre y cuando Mar del Plata viviese en una eterna época de campaña electoral. Sólo eso, una estrategia política. Las falsas promesas recaudadoras de votos.
Hoy, Vilma Baragiola es secretaria de Desarrollo Social. Hoy, Baragiola dice no recordar sobre esta propuesta pero su “memoria puede fallar”.  Hoy, Miguel está muerto a causa de neumonía

Liliana pasa del dolor que mostraban sus ojos hace instantes a la indignación. Se le enerva la sangre. Lo cuenta y hiere, sangra por la herida. No puede creer lo que vivió. No comprende cómo es posible que quienes deben defender a las personas, aprovechen la situación a su favor. Ven a decenas de personas pasar hambre y frío. “Somos un voto más. No te das una idea cuantas veces vinieron concejales a figurar. A hacer política con nosotros. Vienen, prometen y desaparecen. Ya no más. No quiero tener nada que ver con ellos”. 

Sigue. Continúa. Irradia malestar. Cada lunes ella y su marido reparten comida, hablan con los jóvenes, con los más ancianos. Conocen a varias personas en situación de calle, varias personas que tienen hogar pero no tienen que comer, varias personas que tienen necesidades. Lo ven desde dentro. Para muchos, son sólo números. “Las 213 personas en situación de calle”, repiten. Para ellos, son sus amigos. Conversan, saben la vida de este y del otro. Los conocen, pasan el rato. Cuando sobran bandejas, incluso cenan juntos. Saben si estudian, si trabajan, cuántos hermanos tienen, en que barrio nacieron, cuándo es su cumpleaños. Lo viven desde dentro. Los indigna. Lo demuestran. “No sé si era Juampi. La edad no coincide pero la descripción física sí. No, no, vos estás hablando de Santiago. Claro, en frente a la plaza, donde está la pinturería. Nunca se quiso ir de ahí”. Se confunden. Son más de las 213 personas que nos quieren hacer creer. Juampi es Juan Pablo Ramos, el hombre que fue expulsado de un parador social por “agresivo” y por encontrarse bajo los efectos del alcohol.  Amigo de la pareja. Uno más al que el estado le dio la espalda. 

“Nosotros sabemos que no podemos arrastrar a nadie a lo que no quiere hacer", dijo Baragiola cuando se le preguntó por la muerte de Juan Pablo. “Yo no le puedo imponer a ningún funcionario la obligación de llevarlo por la fuerza”, agregó. De nadie es la culpa y a la vez es de todos. Una persona murió en la calle, parece que a nadie le importa. No existen protocolos efectivos o por lo menos no se los implementa. Una persona que se  encuentra bajo efectos de la droga o el alcohol, ni hablar si presenta actitudes violentas, no puede quedar en la calle. El municipio no lo entiende, busca excusas para evadir el tema.


 “Nos da mucha pena, a nadie le gusta cruzarse con este tipo de situaciones, pero las adicciones y el frío hacen un combo explosivo”

“No podemos permitir desmanes”, esa es la explicación que dieron desde el Palacio Municipal acerca de la expulsión de Juan Pablo Ramos del Campito. "No podemos permitir que en un estado alto de consumo o ansiedad producto de la falta de otras cosas provoque desmanes con el resto de las personas”, dijo la secretaría Vilma Baragiola para justificar lo injustificable. La desatención del estado que provocó una lamentable perdida. La misma frase que repiten de memoria desde para lavarse las manos, para sacarse la culpa de encima.   

“Siempre hacen los relevamientos en verano. Quieren saber dónde están, en qué puntos de la ciudad. Afean el panorama. Los corren de sus lugares. Ni hablar si están radicados por el centro o por Güemes. No quieren que el turismo los vea. Los esconden. Sólo eso. Los esconden. Durante el resto del año, ya no son asunto del gobierno. Al menos, hasta el próximo verano o las próximas elecciones”, cuentan, se lamentan, se indignan Liliana y Juan Carlos.

La oposición no se guardó sus comentarios. Santiago Bonifatti, Presidente de Acción Marplatense, compartió un malestar similar al de Liliana y Juan Carlos. Malestar que no debe tener más de 11 meses, cuando abandonaron la gestión. Uno no debe olvidar qué durante el gobierno de Gustavo Pulti, más precisamente en 2015, se proclamaba: “No tenemos chicos en la calle.” 

Pero ahora la cosa es diferente, la oposición se muestra descontenta. La actitud positiva se disipó en tan sólo pocos meses ymuestran una preocupación inminente: "El municipio necesita más refugios",  se necesitan "planes de gobierno",  se necesita "gestión". Similar a una receta de cocina.

Como si se hablara de otro tema, de otra realidad. Desde el municipio aseguran tener contralada la situación y estar  ejerciendo la mejor labor. “Trabajamos las 24 horas buscando personas y atendiendo denuncias”, aseguró, se defendió Baragiola. “Para que nosotros podamos tener una efectividad del cien por ciento tendríamos que cambiar las leyes", se justificó la secretaria.

La pelea política sigue. Hay que hacer esto y lo otro. Pasan gestiones, años enteros y las mismas personas siguen durmiendo en la vereda. Los números van variando: 100, 200 personas. Números, estadísticas, dato duro. La gente les pasa por al lado. Son invisibles, o tal vez no los quieren ver. No quieren ver la decadencia de la sociedad. El fracaso de muchísimas gestiones. De muchos planes. De muchas promesas. No se quiere conocer sus historias, interiorizarse, tener conciencia de lo que padecen para así no acordarse de ellos en los días de temporal.

A cruzar el charco: De Africa a Argentina



 Por Rodrigo La Frossiay Neri del Huerto


Son 6981 kilómetros los que separan la ciudad de Dakar, capital de Senegal, de la provincia de Buenos Aires y aproximadamente 30 horas de viaje en avión. Este es el recorrido que realizan algunos de los oriundos del país africano, que en muchas oportunidades deciden aterrizar en Argentina para tener una mejor calidad de vida, poder tener empleo y así generar un buen salario que los ayude a vivir mes a mes . Esta idea se asienta con una frase firmada por ellos mismos: “Cualquier lugar es mejor que África”. La prueba de la veracidad de esta frase se da en el ejemplo de mandar dinero a sus países, situación en la que algunos comentan que llegan a despachar 400 dólares por mes, casi tres veces más de lo que cobrarían allá.  

 Abdou Kane tiene 35 años, no tiene hijos y hace cinco tomó la decisión de colgarse la mochila para cambiar de continente y así buscar una mejor vida. Solo tuvo que juntar el dinero para pagar su pasaje, cuestión que no fue del todo fácil, y también poder traer algunas monedas para sobrevivir, aunque sea un mes. Partió de la península de Cabo Verde (Costa Atlántica africana – Dakar) y llego a Centroamérica, donde comenzó su aventura, primero para llegar a Perú, después a Bolivia y por fin días más tarde poder pisar suelo argentino. La meta era una: parar en una ciudad que tenga playa. “En la playa están los turistas y ellos son quienes tienen plata”, comenta Abdou con una mínima sonrisa que se marca en su rostro explicando que para llegar a la costa marplatense paso antes por los balnearios del partido de La Costa.

El caso de Abdou y la mira apuntando hacia la Costa Atlántica no es el único. Estos buscadores de la América versión siglo XXI , decide en su mayoría trabajar en las playas de Cariló, Pinamar, Villa Gesell, Necochea, San Bernardo entre otras, para luego pasar el año en las principales urbes como Buenos Aires y Mar del Plata. 

No hay archivo de un número preciso, pero se estima que, en los últimos 10 años, la cantidad de personas que están en tránsito provienen de Nigeria, Camerún, Senegal y también de Ghana. Según el censo del 2010, el número de personas de los países mencionados anteriormente que se encuentran radicadas en Argentina asciende a 214.

 Los datos de la Dirección Nacional de Migraciones muestran que, hasta junio del 2015, se otorgaron cerca de 400 documentos a ciudadanos provenientes de esos países, cifra poco creíble. Es decir, un 82,7% más. Sin embargo, gran parte de las ONG involucradas en los casos explican que las cifras que ellos estiman superan los 1000 indocumentados. Estos datos son tomados de personas africanas en tránsito que se mueven generalmente por el centro porteño y las ciudades balnearias.

Muchos ciudadanos se preguntan por qué los africanos llegan a Argentina, la respuesta para Abdou es fácil y sencilla, lo que también explica un poco el porqué de su decisión: “Tengo la suerte de haberme ido soltero de Dakar, prácticamente sin familia. Solía trabajar juntando frutas, cargando una bolsa en mi hombro y caminar hasta llegar a descargar y de vuelta a lo mismo por tan solo algunas monedas que solo servían para alimentarse. El viaje completo para llegar a estar instalado en la Argentina me costó la mitad de lo que sale una casa en África (el gasto del viaje fue de30 mil pesos aproximadamente)”, detalla Kane acerca de las diferencias que se pueden encontrar. Y agrega que “Argentina tiene empleo y con lo que pagan puedo tener un techo y comida, pero no es fácil como parece”. 

Otra de las razones por las que muchos africanos deciden mudarse para el continente americano es la cuestión legal. Las políticas migratorias que se ofrecen en la mayoría de los países latinos es abierta y no se tiene trabas para conseguir la radicación en el país que se elija, a diferencia de Europa y Estado Unidos, que han decidido bajar los cupos de inmigrantes.

A medida que la charla sigue, Abdou Kane se relaja más y la confianza va creciendo. Entre las diferentes lenguas africanas y la mezcla de ingles y castellano, Kane suele caminar por la playa Bristol y la zona de la peatonal San Martín vendiendo películas grabadas, algunos cds de música y, a la vez,  atiende en un puesto de la zona. “Yo tengo la suerte de no tener que mandar plata para mantener una familia, pero muchos de mis conocidos que están en la zona llegan para trabajar y entregarle una parte de la ganancia a sus pares que se encuentran en sus respectivos países”, argumenta el vendedor que a su vez aclara: “El invierno en Mar del Plata es muy frío pero puedo trabajar igual. Las condiciones climáticas en la península de Cabo Verde son muy diferentes”.


Salvo por el nombre geográfico, África no existe", afirma el periodista y escritor polaco Ryszard Kapucinski en su libro “Ébano”. “África es un continente que tiene 55 países, mil millones de personas, multiplicidad de mundos, etnias, voces, culturas... África heterogénea y rica contada desde allí y desde aquí”, relata. A pesar de eso, es un gran contienen que tiene una gran cuestión a resolver: la falta de agua es uno de los problemas principales, la gente hace cola de horas y horas con baldes que solo sirven para no morir deshidratado. Es aquí, donde, aunque muchos piensen que “no hay nada mejor que casa”, como compuso Gustavo Cerati, ellos digan que cualquier lugar es mejor que África.

Tracción a sangre: El reclamo de los pobres




                                                                                                                  Por Mariano Acosta

 “Soltá ese caballo, animal”, “¿No te da vergüenza, querido?”, “Ponete vos en su lugar y fijate si está bueno”. Las personas que pasan por la vereda se detienen a objetar a Miguel, dueño del ‘carrito’ que espera estacionado en la calle.

Hace unos meses -no muchos- en Mar del Plata una multitud se reunió en distintos puntos de la ciudad para pedir por el cese del maltrato animal. La convocatoria fue tan contundente que los vecinos empezaron a mirar diferente, incluso, a los objetos tan convencionales como los carritos.

-¿Sos consciente del reclamo de la gente?−.

-Sí, cada vez me atacan más pero ellos no entienden…− dice, con la mirada perdida, como si su mente se fugara en una asociación de imágenes lúgubres. Y se olvida de la respuesta.

¿Qué es lo que no entienden?−.

-Que es el caballo o mi familia-.

Miguel es cartonero. Hace seis años que se instaló en Mar del Plata en busca de mejores condiciones de vida. Proviene de Tucumán, en donde asegura haber sufrido las peores inclemencias de la pobreza. El primer año fue difícil, y ante la imposibilidad de encontrar un trabajo, no tuvo otra opción que buscar cartones “como pa’ tené pa’ comé”. A los dos meses de iniciarse en el rubro conoció a su mujer, Romina. Y ya al año siguiente tuvieron a Matías, el primero de cuatro, quien siempre acompaña a Miguel al trabajo. Matías no dice ni una palabra, sólo espera ansioso que su padre le arme un sándwich de jamón y queso que acaban de comprar en el supermercado chino.

-¿Quiere?− ofrece.

- No, muchas gracias− contesto, pero decido acompañarlos en su banquete en el cordón de la vereda, a metros del supermercado y a metros del carrito-.

Miguel tiene 26, aunque parece de 40. Tiene una remera azul –o antes lo era-, un poco gastada, con algunos agujeros. El jean le queda bastante grande, y en una de sus zapatillas se le visualiza un dedo. Matías, por su parte y a pesar de los diez grados de temperatura, viste un short estilo soldado, unos “crocs” verdes casi nuevos y  una remera manga corta.


  -Últimamente - cuenta- se hace más difícil reunir cartones. La competencia se ha ido incrementando y hasta fue necesario comprar un carrito con el ahorro de casi dos años para llevar diariamente el pan a la mesa. Llegás a un lugar y ya no hay cartones; ya se lo llevaron antes-.

-¿Recorrés todo el centro?-.

 -A la mañana, sí. Arranco a las seis.  A la tarde, prefiero los lugares más alejados, los supermercados, los restaurantes; a esos lugares no va casi nadie pero se pone más peligroso-.

- ¿Y a qué hora terminás?-.

- A las seis-. Habla bajito, con marcado acento norteño,

-Soltá ese caballo, animal- lo interrumpe una pareja de unos treinta años de edad.

 Él no dice nada. Agacha la cabeza, clava su mirada en el asfalto como quien no escucha nada. Luego de un momento absorto, vuelve en sí mismo,  le da un bocado al sándwich y sigue charlando. Dice que nunca puede hacer rendir la plata que ingresa. Siempre falta, nunca alcanza, no sabe por qué. En la bolsa del fiambre se puede ver el ticket con los precios: En total, 56 pesos entre el jamón, el queso y el pan.

-¿Te pagan bien por los cartones?-.

- A veces me pagan más, otras menos. Junto entre  60 o 70 pesos. Entre la mañana y la tarde-.

Su mujer tiene a su hijo de 6 meses con problemas de salud. Ella, prácticamente, no puede moverse de su casa y, además, cuida a los otros dos. Él es el encargado de llevar la comida al mediodía.

-Ya son pasadas las doce. Me tengo que ir. En mi casa me están esperando-.

 Miguel y Matías levantan, primero que nada, la bolsa con fiambres; luego, los cartones. Se suben al carrito y cuando se ponen en marcha se sientan encima del material que juntaron. ¿Irán pensando en el reclamo de la gente?



La foto es ilustrativa y pertenece www.lagaceta.com.ar

Rimas de cambio



 Por Eugenia Toranzo y Federico Velásquez

- Buenas tardes a toda la gente del colectivo, queridos pasajeros, espero que todos tengan un excelente viaje. Me presento: mi nombre es Luciano. Para el que no me conoce, yo soy un músico que va a tratar de alegrarles un poco el trayecto. ¿Qué tipo de música hago? Música hip hop, freestyle se le llama. ¿Qué es el freestyle? Freestyle quiere decir estilo libre, y con libertad de expresión, como dice la palabra, voy a empezar a hacer unas rimas, unos versos de acuerdo con todo lo que vea, sienta o me trasmitan ustedes en el momento. Espero que les guste, muchísimas gracias por escuchar, de corazón.

Así comienza Luciano Soto, un rapero marplatense de diecinueve años y uno de los ciento cincuenta artistas callejeros de Mar del Plata, sus shows arriba de los colectivos. Así lo hace desde el verano del 2014, después de que un rapero de Buenos Aires le contara que allá hacían subtes y trenes, se ganaban la vida y "sacaban una banda de plata". No había nada que perder.

- ¿Tenías otro laburo antes?
- Si, con el papá de quien era mi novia.
- ¿Y qué onda?
- Laburaba doce horas por día y me pagaba cien pesos.

Luciano se subió, entonces, a su primer colectivo. Haber subido ya era un logro. Con los nervios que hasta el día de hoy le genera rapear en el transporte público, inició su rutina, que dura entre dos y tres minutos. Después pasó la gorra y recaudó cincuenta pesos. 

- Durante ese día no me dejaron subir a ningún otro, pero de repente pasé a ganar cien pesos por hora. 

Cuenta que lo más difícil, en un principio, era convencer al chofer de dejarlo pasar. Pero ahora tiene un discurso, conoce a más colectiveros, tiene buena onda y "se puede laburar bien". 

- Incluso uno viene a casa y rapea con nosotros.

La charla se da en el departamento de su amigo, y también rapero, Ima. En la habitación, bastante pequeña, están además el rapero Bronx y tres chicas que, con el correr de los minutos, se suman a la conversación: momento para la descontractura y la comodidad.

Para arrancar el día se toma el colectivo en Fortunato de la Plaza, ex 39, y Edison. El límite es la calle Cerrito, que es donde siempre está el chancho: el inspector.

- Hay que ir esquivando chanchos, evitar la conversación.
- ¿Por qué?
- Porque es como el patrón de tu patrón.
- Entonces es más por una cuestión de respeto hacia el chofer.
- Más que nada por el chofer. Sino lo suspenden y le sacan plata de su sueldo.

La cantidad de horas que trabaja por día dependen de sus ganas. Explica que todo va de la mano de la transmisión de energía: si se sube a tres bondis y toda la gente está mal, si no puede conectar con ella, lo bajonea. Primero dice que no va a laburar más, después que va a probar más tarde, que se toma un café y vuelve a intentar. 

- Si ellos y yo estamos con mala onda es complicado.
- ¿Qué hacés entonces?
- No sé, subirme al bondi lo tomo como una terapia también. A veces le cuento mis cosas a la gente.

Rapea mediante pura improvisación, aunque tiene algunas rimas fijas de algún chabón con lentes, o una señora anciana. Son rimas que en el ambiente del rap no se festejan, pero en la cotidianeidad del colectivo sí.

- Es para sacar una sonrisa: de lo simple se puede sacar algo bello, la gente lo capta, y quizás pueda llegar a entender el mensaje.
- ¿Hay gente a la que le moleste?
- Hay. Algunos no agarran la onda. Se quedan tipo ¿rap?, ¿qué es eso?
- ¿Y alguna vez te dijeron algo?
- Me han dicho "andá a trabajar".

El trabajo, por definición, es aquel esfuerzo, aquella labor, que el hombre realiza para conseguir ingresos: un sueldo que le permita subsistir y vivir. Vivir según lo que el sistema consumista, en el cual estamos inmersos, nos dice cómo se debe vivir: consumiendo, comprando. Luciano es un renegado de esta situación.

- La plata es un mal necesario.

Luciano habla con mucha tranquilidad y un tono alegre. Pareciera que no fuera posible que se enoje, pero cuando se lo interroga sobre qué pasa con la gente que no le presta atención gesticula y cambia el tono de voz.

- Vos me podés dar diez pesos y ni siquiera escucharme. No me escuchaste, no entendiste, no me miraste, no sonreíste.
- ¿Eso te molesta?
- Eso me molesta. Lo que vale es que la gente te pueda prestar atención, no la plata. Me da bronca la gente tan embobada con el celular, en su rutina. Uno va para sacar una sonrisa, para que se tomen un recreo de la realidad. ¿No podés sacarte los auriculares dos minutos y escuchar a este loco, que es un loco, pero que puede llegar a contarte algo interesante?
- ¿Preferís...?
Interrumpe.
- Hay gente que no tiene un peso, pero te da la mano y te dice loco, la verdad que lo que hacés vos es un arte.
- ¿Qué te genera?
- Eso me da alta felicidad, me llena muy por dentro. Prefiero eso a toda la plata del mundo.

Bronx dice, medio chiste medio en serio, que él prefiere toda la plata del mundo. Igualmente nos reímos.

- Yo era un nene bueno, pero cuando estaba solo con mamá le torcía la mano y empecé a conocer la calle, y salía y volvía tarde. La calle me trajo a mis amigos y mis amigos me trajeron al rap.

Dice Luciano en referencia a sus trece años y el primer contacto con la música. Habla de su mamá y me da curiosidad su papá: pido permiso para preguntarle y me dice que sí, que no hay problema.

- Se separaron y mi papá se borró y se quedó con todo lo que habían construído juntos con mi mamá. Nos fuimos a dormir a un hotel. Hoy lo veo un par de veces al año: día del padre, capaz alguna fiesta.


En un principio la mamá no aceptaba su deseo de dedicarse al rap, lo veía como un juego, decía que se le iba a pasar, que era un capricho de adolescente.

- ¿Y ahora?
- Ahora creo que está orgullosa. Ella me dijo que está orgullosa.
- ¿Hablás de ella en tus canciones?
- Hay muchas frases para ella y para mi papá.

Cuenta que lo vio viajar varias veces: a Buenos Aires, Villa Gesell, Tandil, a hacer lo suyo. Que cuando le muestra algún tema suyo la mamá piensa uh, se está expresando de verdad.


Luciano ganó la edición costera de la Batalla Dementes el mes pasado, un evento de hip hop en el que participan competidores de todo el país. Ahí lo escucharon grandes raperos que estaban como invitados especiales: Dtoke, campeón del mundo de freestyle, y Papo, subcampeón nacional en dos oportunidades y que recorrió varios países del mundo representando a Argentina.

- Me lo merecía, porque hace un montón lo estoy buscando.
- ¿Cómo fue el camino?
- Es la primera vez que gano una competencia grande como esta: arranqué tirando freestyle hace cinco años y hace tres o cuatro que me anoto en todo. Sigo yendo a las placitas a competir y cagarme de risa.

La primera batalla que vio fue en un video que le pasó un amigo para que se fijara cómo se insultaban.

- Me cagué de risa de cómo se bolaceaban: tiraban un berretín rimando.
- Ahí arrancaste.
- Empecé copiando lo que decían ellos hasta que me fui armando mis propias rimas y de a poco fui progresando.

La perspectiva le cambió totalmente cuando lo invitaron a un evento de hip hop en la Plaza España. Había entre setenta y ochenta personas rapeando. 
 - Desde ahí me lo tomé más a pecho, más en serio. Esto es lo mío y voy a seguir para adelante.

La competencia es lo que más convoca en el ambiente del rap nacional. El público difiere mucho entre cuántos van a ver una batalla y cuántos asisten a escuchar bandas locales.

- Ahora estoy grabando un mixtape, que es como un disco, para lanzar algo. Pero la competencia es lo que te ayuda a difundir eso.
- ¿Tienen algo de negativo las batallas?

Bronx quiere contestar.
- A mí me gusta sentir mal al otro. Es una competencia, te voy a lastimar.
- Ajá.
- Y la gente quiere escuchar los típicos acotes de tu mamá y tu hermana, pero podés usar un poco el cerebro para decir algo mejor.
- Se desprestigia un poco entonces.
- El público de internet no se toma el rap a pecho y se divierten con ellos. Van a escuchar que tu vieja esto o lo otro, y el que tira el berretín más ingenioso, gana. Tal vez ni escucharon un tema de rap en su vida.
- ¿Está mal visto el rap?
- Está mal visto porque es música de calle. Y si va un rapero a la tele lo toman como un payaso y le dicen hacé esto, no lo dejan expresarse como ustedes están haciendo conmigo. Es una falta de respeto.
- ¿Y qué hay que hacer?
- Hay que luchar para que el hip hop se vea como una música y un arte, porque lo es. El rap es compartir lo que se siente.

- En dos años el hip hop se va a ir a la mierda - vaticina Luciano sobre la escena argentina. - Está creciendo mucho, va a estar re power.

La edad media de los raperos en Mar del Plata ronda los dieciocho años. Hoy los guachines, como le dicen a los más chicos, están empezando a los doce o trece. Tanto Luciano, como Bronx e Ima, son de los más grandes. Las generaciones anteriores se perdieron.

- La mitad de la gente que estaba antes se perdió, ya sea por familia o por trabajo. Fue volver a empezar de cero.

Se entusiasman hablando entre ellos de los raperos más jóvenes, de que cómo se ceban, de que ellos no tenían las herramientas que ellos tienen ahora, de que aprenden viendo videos en youtube, que te dan teóricos de cómo rapear, de que eso está bien, de que eso está mal.
- Están haciendo escuela entonces.
- Y sí, estamos haciendo escuela.
Bronx no está tan de acuerdo.
- Ojo, la escuela siempre fue la misma, cambian los alumnos.
- Pero ustedes están marcando el camino.
- Claro. Los guachos se acercan a nosotros.

Me convidan un trago de cerveza de una botella que pasa de mano en mano y aprovecho el silencio para formular la pregunta de qué pasaría si ellos tuvieran que encargarse de su familia o de un trabajo con horarios fijos.

- Pase lo que me pase en la vida voy a seguir adelante con el hip hop.
- ¿Pase lo que pase?
- Pase lo que pase, porque tenemos pasión por esto.
- ¿Qué es el rap para vos?
- Es parte de mi vida. No me canso de rapear: vengo acá y rapeo con los chicos, voy por la calle y pienso rimas, me maquineo, es como una obsesión, todo es rap. Pensás algo y es rap. Es un compañero. Es lo que me da libertad. Me da energía para seguir.


El sonido del portero eléctrico llena la habitación de estridencia. Llegan más invitados. Es hora de irse. Miro el grabador y el minutaje, Luciano hace lo mismo y me pregunta si ese es el tiempo que hablamos. Le digo que sí y nos reímos. Pero quiero volver a preguntar qué busca con lo que hace.

- ¿Qué buscás?
- Busco que la gente se sienta identificada con lo que hago, poder concientizar sobre dónde estamos parados y cómo tendría que ser todo. Todos tenemos una luz adentro que tiene que verse. No tenemos que dejarnos llevar por la maldad, ni por ningún cosmético. Basta de tanta apariencia, basta de tanto prejuicio. Ese es mi sueño. Y otro sueño es hacer ver al rap como otro cosa: no es tiros, no es putas, no es droga. El rap es transmitir y compartir lo que uno siente y vive.
- ¿Esa es tu pelea?
- Es la pelea. Es luchar contra todo lo que se ponga de moda y lo que ahoga, porque al planeta lo ahoga el nudo de una corbata. Están todos apretados por llegar a fin de mes, estresados, y no tendría que ser así, no tienen por qué esclavizarse al horario ni nada por el estilo.
- ¿Y qué le dirías a esa gente?
- Que se dejen llevar, que fluyan en la vida. Que dejen de juzgar, que no se dejen llevar por todo, porque lo que nos rodea no es lo que tiene que ser. Hay que crecer mentalmente. Hay que abrir mentes, y el rap me abrió la mente a mí.